MI CAMINO EN LA PSICOLOGÍA

Mi nombre es Marta Garcerán y si me preguntaran en qué momento decidí que quería ser psicóloga tendría que retroceder hasta mi infancia en Murcia.

Desde pequeña siempre he sido una persona con una gran empatía, recuerdo que con 6 años, en la televisión estaban pidiendo recaudación para ayudar a Bolivia por una catástrofe que había ocurrido. En ese momento, me dirigí a mi cuarto a romper mi hucha y le dije a mi padre que me llevara al banco para enviar mi dinero.

Vengo de una familia humilde, por lo que me di cuenta que económicamente no iba a ayudar lo suficiente, así que pensé en otras formas en las que poder ayudar a aquellas personas que lo necesitaran.

Un tiempo después, fui corriendo a contarle a mi padre cómo iba a ayudar, iba a ser Psicóloga. Años más tarde pude acceder a la universidad, realizando la licenciatura de Psicología en la Universidad de Murcia.

Al finalizar la licenciatura busqué trabajo, probando en diversos ámbitos, hasta que la vida y mis decisiones, me han hecho llegar hasta aquí y poder trabajar en aquello que siempre he querido y en lo que realmente me hace feliz. 

Mi comienzo en la psicología de la salud fue desde el ámbito de la infancia, me especialicé en TEA, ámbito en el cual tuve que desarrollar cualidades como la resolución y el dinamismo, que valoro mucho en terapia. Más tarde, comencé a especializarme en trastornos ansioso-depresivos y gestión emocional, trabajando además en modificación de conducta infantil y terapia familiar. Conforme fui avanzando en terapia para adultos, tuve la oportunidad de formarme junto a los mejores profesionales del país en reproducción humana, con el Máster en Reproducción por la Universidad de Barcelona, adquiriendo las competencias para poder acompañar a parejas durante las diferentes etapas de la reproducción y los tratamientos de fertilidad. Actualmente permanezco en constante formación, y con una base cognitivo conductual, sigo formándome en terapias contextuales y de tercera generación, por sus grandes beneficios en mis pacientes a corto plazo. 

Siempre he creído en las personas, en que se puede cambiar. Me costó mucho esfuerzo, sin embargo, comprender que las personas nos equivocamos y que la mayoría de veces no lo hacemos con la intención de dañar a nadie.

En base a esto, creo que desde la terapia psicológica aprendemos a aceptar en vez de resignarnos, tanto con nosotros mismos como con los demás, y esta es una de las bases para que nuestro bienestar pueda aumentar: la aceptación duele menos, te hace resiliente y te permite avanzar.

Así, me enfrento a cada nuevo paciente con el objetivo de comprender su dolor, de desentramar la maraña que le ha hecho llegar hasta aquí, para que juntos podamos deconstruir y construir de nuevo una forma de comprender el mundo más sencilla y, sobre todo, menos dolorosa.

Cuando trabajamos con personas, es imposible utilizar un enfoque que funcione con todos, por lo que mi forma de entender la terapia conlleva adaptación a la persona que tengo delante, buscando qué necesidades tiene y de qué forma puedo llegar hasta ella.